Vida salvaje de las emociones. 9º fascículo. Las emociones solapadas

 En Vida Salvaje de las emociones y los pensamientos.

A pesar de la quimioterapia que me estaba dando en esa temporada, durante dos semanas tuve varias conversaciones con Max Becker, la directora de teatro de la compañía Stardust.

Me interesaba conocer a fondo el entrenamiento emocional que hacía con sus actores. En particular, el caso de uno de sus actores más destacados, Francisco, permitía comprender en la práctica el fenómenos de las emociones solapadas.

Le llamo solapamiento emocional cuando una emoción intensa fue originada por otra emoción. Por ejemplo, alguien puede sentir rabia y odio por el desprecio de una persona que apreciaba. En muchos casos, la emoción que había inicialmente no era odio, sino tristeza ante la pérdida de una amistad o incluso culpa por pensar que hiciste algo mal. Estas serán las emociones solapadas.

En esos casos, la tristeza es tan fuerte que, paras soportarla, inconscientemente la tapamos con odio. Preferimos sentir la fuerza del odio y su insensibilidad en vez de la indefensión que sufrimos con la tristeza. Para la sanación emocional necesitaremos superar el odio e identificar la tristeza que había detrás, para sanarla también.

Cuando deseamos resolverlo con una técnica de PNL, primero se utiliza la conversación interna para aceptar y apaciguar el odio y, a continuación, veremos que asoma la tristeza y haremos a su vez la conversación interior con ella. Esta técnica la explicamos en el 4º fascículo.

Aquí transcribo la grabación de la entrevista a Max sobre ese caso de emociones solapadas, para que puedas disfrutar de un ejemplo en estado puro.

– Cuéntame el caso de Francisco, Max. Estamos grabando – le dije.

– Muy bien Luis – respondió, arrellanándose en su sillón y poniendo los brazos sobre los reposabrazos.

Transcripción de la grabación número 14:

Francisco no había sacado las mejores notas en sus estudios de teatro. Nunca fue un alumno destacado. Eso sí, tenía una vocación enorme. Desde que tenía uso de razón no pensaba en otra cosa que en ser actor. Yo era la directora ideal para él, pues no le exigía técnica ni método, sólo entrega. Y Francisco lo daba todo.

No suelo repetir actores. De esa manera, me aseguro de que estrenan emociones salvajes en cada obra. No quiero correr el riesgo de que sus “mascotas”, esas emociones salvajes, se domestiquen. Con Francisco hice una excepción.

(Nota: ya sabes que Max le llama “mascota” a la emoción latente más intensa de un actor.)

Ponía muchas veces a Francisco como ejemplo de lo que quería de los actores, era mi favorito… pero lo que me sucedió con él me rompió los esquemas. Reconozco que me superó.

Ya sabes que siempre adapto la obra desde el principio a las emociones de los actores. Ellos vienen con una emoción salvaje por algo que les sucedió, y comenzamos a jugar con esa mascota al crear la obra. El hilo de la obra y la composición de las escenas se adaptan a que cada actor viva su emoción salvaje. La ensamblamos de forma que esté en plena armonía con las emociones de los demás actores. Eso crea una intensidad abrumadora.

Mascotas sueltas, sin domesticar, jugando entre ellas en el escenario. Es formidable… El público no entiende cómo es posible que haya tanta vida en una obra de teatro.

A menudo, las emociones salvajes mutan a lo largo de los ensayos y de las representaciones. Muchas veces, el miedo se convierte en enfado o en tristeza. Otras, la tristeza se convierte en enfado o viceversa. Cuando esto ocurre, hago pequeños cambios que no inciden demasiado en la trama de la obra ni tampoco en las escenas. De hecho, lo importante es mantener la intensidad, pues nuestro público no espera un hilo demasiado estructurado.

En la anterior obra que habíamos realizado, Francisco había tenido una emoción pura de rabia. Odiaba a la pareja que le había dejado hacía ya dos años. No la perdonaba. Esto le daba una fuerza incontenible a su rabia cuando la desataba. Esa mascota bullía por todos los rincones del interior de Francisco e hizo un papel soberbio.

Pero para esta nueva función, aquella rabia se había convertido en tristeza. Lo hablé con él, eso no me preocupaba.

– Es que, de tanto sacar mi rabia, ensayo tras ensayo, función tras función – me explicó Francisco, – llegó un momento en que noté algo así como si mi “mascota”, esta emoción salvaje, se hiciera mayor y evolucionara desde la rabia hasta convertirse en tristeza.

– ¿Ah, sí? Pero, ¿cómo sientes esa tristeza? – le pregunté.

– Ahora siento una pena enorme por haber perdido una relación en la que había depositado todas mis esperanzas – me contestó Francisco, visiblemente conmovido. – Recuerdo que esto fue lo primero que sentí cuando me dijo que me dejaba ¿Qué sentido tiene la vida en soledad?

– Entiendo – dije, expectante.

– Además, al deshacerse la rabia me volvió el arrepentimiento de no haberlo dado todo en la relación. No le había demostrado a Rebeca todo lo que me importaba por mi obsesión con el teatro. Ella me lo decía, pero quise tapar todo esto con el odio y creer que ella tenía toda la culpa. Nunca más seré capaz de confiar en nadie, ni en mí mismo – me dijo, casi llorando.

Así que preparé el papel de Francisco en la obra desde esa tristeza. Le vi actuar y me convenció. No había problema, pues seguía poseyendo una emoción visceral, salvaje, y Francisco tenía una personalidad vehemente.

Y arrancamos con la nueva obra. En la primera función, Francisco estuvo de nuevo brillante. El público se quedaba como hipnotizado cada vez que aparecía en escena. Estuvo realmente poderoso e incluso ayudó a la intensidad de sus compañeros. Fue una función sublime. Volví a respirar con alivio.

Pero las sorpresas no habían acabado. Sin aviso, en la segunda función, Francisco se desinfló completamente. No daba crédito. Parecía que simulaba la emoción. Hubo momentos de murmullo del público en sus escenas. Lo paso muy mal… y yo también. ¿Qué le pasaba?

Durante los ensayos siguientes, provoqué a Francisco como siempre hacía para que su mascota saliera libre. El se entregaba igual que siempre, pero la emoción salvaje no aparecía. Era como si se hubiera quedado vacío.

En un ensayo exploté:

– ¿Pero qué te pasa, Francisco? – le espeté, harta de que fingiera la emoción sin sentirla de verdad. – Quiero que seas sincero. No podemos continuar así.

– No lo entiendo, Max. Busco la emoción pero no la encuentro. No hay nada salvaje en mi interior. De hecho, me parece que no hay nada. – me respondió.

Decidí llevarle a mi camerino para hablar con plena libertad.

– ¿Y tú cómo te encuentras, Francisco? ¿Hay algo que te preocupe? ¿Algo que te descentre? – le pregunté, para no sentirme como una jefa insensible. No te niego que, por otro lado, quería saber si había alguna otra dificultad en su vida que pudiera generarle una nueva emoción salvaje.

– Me encuentro bien, Max. Nada nuevo… – pero noté una duda en su voz.

– Te he dicho que seas sincero, Francisco – le dije. – Si no, hemos acabado.

– He estado pensando que quizá haya algo que está afectando.

– ¿De qué se trata?

– Lo de Rebeca. Nuestra ruptura que me consumía… – me respondió, mirando hacia abajo – El otro día hablé con ella. Hablamos un rato. Ambos teníamos ganas de vernos y de hablar serenamente.. Le pedí perdón y ella a mí. No hay posibilidad de recuperar la relación entre nosotros, pero tampoco ningún resentimiento. Creo que he aceptado lo que sucedió… y que he aprendido la lección.

– ¿Qué quieres decir? – le pregunté, impaciente.

– Esta última temporada me estoy sintiendo en paz. He comprendido que estar sólo tampoco es tan malo – me dijo. Seguía mirando hacia abajo, como hablando para sí mismo.

– ¿Y cómo así, de repente?- repuse, ya más calmada.

– Verás Max – dijo, sus palabras se deslizaban como si pensara en alto -, algo pasó en uno de los ensayos poco antes de la segunda función. No sé si recuerdas aquella tarde que lloré de aquella forma tan desconsolada…

– Sí, lo recuerdo – respondí, casi imperceptiblemente para no romper su trance.

– Sentí que me rompía por dentro – prosiguió -. Me pareció que había tocado fondo. Sentía la tristeza de un modo más desgarrador que nunca. Aún más, sentía que a la tristeza se le unía la rabia que había sentido antes e incluso el miedo que había por debajo de toda esa situación.

Mi interior – continuó -. se llenó de una negrura que se convirtió en un ruido insoportable, parecía que iba a volverme loco… Y entonces – continuó, tras una pausa, –  después de que todos los demonios pasaran dándome pisotones, se hizo un enorme silencio. De camino para casa sentí una paz absoluta. Una liberación sin precedentes por haber dejado salir todas aquellas emociones… Y haberlas asumido. Era como limpiar algo que me oprimió durante años.

– ¿Y por qué no me dijiste nada? – le pregunté. Noté que lo hacía con un tono inquisidor. No me podía creer que me lo hubiera ocultado ¿cómo iba a actuar bien? ¡imposible!

– Pe-pero, Max. En realidad, ha sido maravilloso haberme recuperado. Ya no me atormenta la relación – me dijo, con mirada de cordero degollado.

– Estoy decepcionada, Francisco. Mañana no vuelvas. Estás despedido – le dije, sin más.

Francisco era una persona tenaz y volvió al día siguiente. Como se dio cuenta de que no hablaría con él, me envió un mensaje por medio de un compañero. Mi respuesta fue la misma: no volvería a actuar en nuestra compañía.

Yo sabía que trabajar en Stardust lo era todo para él, pero no iba a estropear una obra por eso. Era una norma que todos los actores conocían: sin emoción salvaje no hay obra. Aunque había echado ya a muchos actores, lo de Francisco era distinto. Teníamos una relación especial. Nos apreciábamos mucho… y dependía mucho de mi opinión.

Pensé que la ruptura con Stardust iba a ser dramática para Francisco. Pensé que no saldría de casa sumido en la depresión o que destrozaría sus muebles con la ira que tantas veces le vi sacar… Pero nada de eso pasó. La dependencia que sentía ya no le condicionaba.

Su técnica no era tan depurada como para ser un gran actor, pero había desarrollado un carisma especial. Francisco se dedica ahora a hacer anuncios de televisión… y, hasta donde conozco, parece que es feliz.

Yo siento un poco de culpa por haber sido tan insensible al despedirlo, la verdad.

Fin de la grabación

…………………………………………..

Después de contarme algo tan íntimo y profundo, no sabía qué decir.

– Entiendo perfectamente cómo te sientes, Max – le dije, de corazón. – Él sabía las normas. No tenías otra opción que seguirlas… Superar aquella relación que le atormentaba, pagar aquella deuda emocional, le llevó a tener que abandonar su sueño. Menuda paradoja.

Sanar aquella relación que le atormentaba, depurando todas las emociones solapadas, le permitió a Francisco desarrollar la habilidad de no depender de los demás, lo que le permitió abandonar la compañía Stardust y a Max, las dos cosas en torno a las que giraba su vida.

– Esto es lo que pasa en la vida real ¿verdad? – preguntó.

– Y tanto. Las emociones cristalizan y te bloquean cuando no les miras a la cara. En tu compañía haces algo muy parecido a lo que hacía Fritz Perls en su Terapia Gestalt – continué. – Provocaba a sus pacientes para que vivieran la emoción que se escondía detrás de sus situaciones traumáticas. Eso les sanaba.

– ¿Y eso es lo que les sucede a los actores al sentir tan intensamente sus emociones? – me preguntó inclinándose hacia delante, con clara curiosidad.

– Claro – respondí -. Fritz Perls descubrió esto trabajando con directores de teatro… ¡Pero tú estás provocando que este proceso sucediera en los propios actores al dejar sueltas sus emociones salvajes! – exclamé, entusiasmado – ¡Tu metodología teatral provoca una terapia en todos los actores!

– Debo confesar – respondió Max, casi con humor – que lo único que me importaba de Francisco era su mascota. Me decepcionó cuando no “trajo” ninguna emoción salvaje al ensayo.

– Y te quedaste sin tu actor favorito por culpa de que se sanara emocionalmente – repuse, mirándola unos segundos

– Ni más ni menos –respondió, mirándome también con la misma cara divertida -. Por una parte, me alegro de que sea feliz, no creas.

– Tú le ayudaste. Cada emoción tiene un mensaje y cuando la miras a la cara lo descubres – reflexioné -. La emoción primero se hace notar en tu cuerpo e incluso te golpea para que le hagas caso, pero cuando la escuchas y asumes su mensaje en la mente y en el corazón, deja de ser necesaria y se va.

– Como tu enfermedad, ¿no? – me espetó.

– Y tú, ¿cómo lo sabes? – pregunté, tras unos segundos de recuperación. Casi me alegré de que lo supiera.

– En Santiago nos conocemos todos – me dijo, sonriendo. La veía preocupada por mí.

– Aún sigo explorándome – le respondí – Hay tema. Estoy dándome cuenta de que estaba muy lejos de la paz interior. Había dejado atrás las cosas de la vida que eran importantes para mí. Como si no existieran y solo me importaran mis investigaciones.

Bueno, Max. Tengo que irme – dije, sonriendo ante el respetuoso silencio de Max.

– ¿Nos veremos de nuevo? – preguntó Max, mientras nos levantábamos.

– ¿Quién sabe? Santiago es pequeño – respondí.

– Pero tú vives en Lugo – dijo, riéndose. Le sonreí también abiertamente mientras abría la puerta.

– Hasta pronto, Max. Muchas gracias por todo – me despedí, mientras nos dábamos la mano con ternura.

Artículos recientes

Deja un comentario