Vida salvaje de las emociones. 8º fascículo. Cómo aprender de una deuda emocional

 En Vida Salvaje de las emociones y los pensamientos.

Un relato de Daniel Álvarez Lamas. 

Con la ayuda de Renata Otero, Marián Cobelas y Nuria de Castro.

Leído en el anterior fascículo:

Aquello fue como un enorme descubrimiento: emociones salvajes que crecen dentro de las personas y que pueden verse como sus “mascotas”, las personas como un ecosistema,… Todo encajaba con intuiciones que había tenido sobre las emociones, pero que no era capaz de describir. Max tenía en su mente todo sobre la vida salvaje de las emociones.

– Max, ¿y qué es lo que hace que las mascotas cobren tanta vida? – pregunté, para prolongar el hilo de su metáfora.

– Muchas cosas influyen, pero, principalmente, cada actor tiene, en cada momento de su vida, una emoción que le deja marcado – dijo. Ahora hablaba más despacio, como desde un lugar más profundo. – Esa persona se ve sometida a una situación para lo que no está preparada y que no puede masticar. Entonces se despierta una emoción de fondo, como el miedo, el enfado o la tristeza, que lo impregna todo.

El impacto de esa circunstancia es tan grande que esa emoción se desborda, se sale de madre. Según sea capaz de manejarla, se convertirá en su «fiera» o en su»mascota».

– ¿Y cómo afecta eso al trabajo del actor? – le pregunté.

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 – ¿Y cómo afecta eso al trabajo del actor? – le pregunté.

– Te pondré un ejemplo – me dijo, tuteándome por sorpresa y bajando su tono como para hacerme una confidencia. – Hace poco tuve una actriz, Eva, que había sufrido una ruptura sentimental. Se sintió enormemente enfadada con su ex-pareja, pero no fue capaz de manifestarlo, o, al menos, no consiguió hacerlo de la forma adecuada. Ese enfado se le quedó impregnado.

Es como si, por no ser manifestada, la emoción no hubiera logrado evolucionar y se hubiera quedado cristalizada en el interior de Eva. Eso es lo que llamo una deuda emocional.

– Una deuda emocional que queda cristalizada, … Entiendo. – dije asintiendo, mientras buscaba acomodo a esta nueva idea.

– Esa deuda emocional salpicaba todo lo que Eva hacía y decía – continuó – . El enfado aparecía en ocasiones y en otras se reprimía creando tensión. En definitiva, andaba continuamente revolviendo en el interior de Eva, como una fiera inquieta y fuera de control.

– Claro – retomé. – Max, dices que esa emociòn estaba siempre latente por no haberla digerido adecuadamente ¿Y eso era útil para su trabajo como actriz?

– Sin duda – respondió. – Verás, Luis – sorprendentemente, recordaba mi nombre, – yo no trabajo como los directores de teatro habituales. No pido al actor que interprete un papel según las emociones que pensó el autor de la obra. Eso para mí es ir contra natura.

– ¿Qué quieres decir, Max? – pregunté. – Tenía entendido que eso era lo normal.

– Para mí no. Yo construyo la obra basándome en las emociones más vivas de cada actor – respondió Max, dirigiéndome una mirada que comenzaba a centellear. – Les ayudo a entrar en contacto con sus propios sentimientos, a tratar a esas fieras como si fueran mascotas, a dejarse influir por ellas, a comprenderlas. Gracias a trabajar con Eva desde su enfado, sus palabras vibraban de autenticidad y sus acciones fluían como las de una leona.

Max se quedó mirándome con una media sonrisa y después se echó hacia atrás. Había terminado de hablar. Yo me quedé también mirándola unos segundos. Me había quedado ensimismado con la claridad con que Max veía las emociones, y, sobre todo, por las enormes posibilidades de aplicar su método para mejorar la vida de cualquier persona.

– Imagino – dije, reponiéndome – que esa chica llevaba el enfado como emoción de fondo en su vida real. Seguramente, eran las gafas con que vivía su día a día.

– Uhum… – musitó Max, que se quedó un poco sorprendida por haberme desviado del contexto del teatro.

– Ese suceso traumático – continué – viene provocado por la ausencia de una habilidad emocional ¿no crees?

– ¿Qué quieres decir? – inquirió Max, un poco cortante.

– Por ejemplo – continué, con tono prudente – esa actriz podría haber afrontado mejor su ruptura si hubiera tenido la habilidad de “decir su opinión de foma natural” – enfaticé, como si fuera un titular. – Como has explicado, el enfado normalmente surge cuando no eres capaz de expresarlo, lo cual quiere decir que no eres capaz de aceptarlo y digerirlo. Esa situación supuso una prueba que Eva no fue capaz de superar. Como consecuencia, le quedó un intenso dolor procedente de esa deuda emocional.

– ¿Y…? – siguió inquiriendo Max. – ¡Continúa!

– Seguramente que, también en su vida, la ruptura le provocó a Eva un enfado latente y dispuesto a dispararse – expliqué, ya con confianza. – El enfado es la emoción salvaje que tomó el mando desde entonces en su vida, igual que esa fiera que describías. En caso de tensión, Eva solo verá dos opciones: imponerse, dando rienda suelta al enfado, o someterse, reprimiéndolo. Pasará lo mismo que en su trabajo como actriz,… pero con una diferencia: en la vida ella estará indefensa. Cuando se le presente un conflicto, su incapacidad de decir las cosas de forma asertiva, junto a la deuda emocional de la ruptura, crea un cóctel que la hará reaccionar de forma irracional.

– Bueno – dijo Max, mientras se dirigía hacia detrás del biombo para cambiarse. – No me entiendas mal, Luis, pero tengo cosas que hacer ¿Puedo ayudarte en algo?

Mmm,… me dio la sensación de que ya no sentía cómoda ¿Quizá le parecí un poco soberbio? ¿Quizá la teoría le aburría? ¿O quizá le toqué alguna tecla delicada? Me mantuve en silencio.

– Dime ¿En qué te puedo ayudar? – dijo. No parecía que se hubiera enfadado, sino más bien que había perdido el interés… No sé qué sería peor. Me la jugué con la pregunta que me estaba rondando la cabeza.

– Max, ¿Qué es lo que le sucede al actor cuando paga la deuda emocional?  – dije, con tono pausado, con toda la confianza que fui capaz de reunir. – Es decir, ¿qué sucede cuando acepta su emoción salvaje y la domestica por completo?

Sentí cómo Max acababa de ponerse el suéter en un tenso silencio. Después salió del biombo y se quedó de pie. Sosteniendo la mirada, sin pestañear, con aquella presencia tan poderosa. Me sentí un poco abrumado.

– ¿Qué quieres decir con eso? –  preguntó. Era como una fiera estudiando a su presa. Noté cómo sus sentidos estaban extrayendo una ingente cantidad de información, incluido cómo me sentía y cuál era mi intención.

– Cuando el enfado se repite continuamente, como cualquier otra emoción, es porque la persona no ha aprendido a manejarlo ¿no? – pregunté, tratando de ser lo más claro posible.

– Sí, claro – dijo Max, con la misma mirada, sin mover ni un pelo.

– Entonces, – dije, – me imagino que Eva, ensayo tras ensayo, al relacionarse con esa emoción salvaje del enfado, empezará a familiarizarse con ella. Al “jugar” tantas veces con esa emoción, a la que llamas “fiera”, y de forma tan profunda, aprenderá a manejarla ¿no? Es decir, dejará de rehuirla y de verse bloqueada.

– Pues… Efectivamente, así es – dijo, reflexiva, mientras tomaba de nuevo asiento. El tema había ganado su atención -. Eva se está familiarizando con la emoción e incluso noto que ya no es tan salvaje, lo que reduce la intensidad de su actuación.

– Entonces, los ensayos son, en realidad, un entrenamiento que permite a Eva aprender a manejar su enfado. – continué, dejando unos segundos de silencio- … Jugar con su emoción en el teatro es el mejor proceso natural para domesticarla – concluí.

– Has dado en el clavo – refrendó, reflexionando unos instantes. – Y ese aprendizaje representa un peligro para la intensidad que necesita nuestra compañía. Si se domestican las emociones salvajes por completo, no hay obra – exclamó. – De hecho, intuitivamente, ya veía que era mejor que ningún actor repitiera obra conmigo.

– Ya imagino. – respondí, aliviado por encontrar un nuevo punto de interés para Max.

– Así que ésas son las cosas que estás estudiando, Luis… – dijo ella, asintiendo levemente con la cabeza y mirándome, casi con una sonrisa.

Una vez aflojada la tensión y con aquellas ideas tan jugosas en la mochila, pensé que era el momento de dar por terminada la conversación.

– Si te parece bien – dije, levantándome de la silla, – te puedo venir a grabar una entrevista la próxima semana. Me comprometo a compartir contigo los resultados de la investigación tal como se vayan produciendo,

Max se había levantado casi al mismo tiempo que yo. A esas alturas ya me resultaba natural sostener afablemente su mirada. Por otro lado, la leona ya no se sentía amenazada ni aburrida. Habíamos sellado la alianza. Sonreímos relajadamente.

– Muy bien, ven después de la función del sábado – dijo, recogiendo su fular. – Que tengas una noche agradable.

Y salió, dejándome solo en su camerino.



En resumen:

  1. Una experiencia vital no digerida, como una ruptura por ejemplo,puede dejar una «deuda emocional«: una especie de trauma que produce una emoción aflictiva (miedo, enfado o tristeza) que tiñe una etapa de tu vida. Es tu emoción salvaje o tu fiera.
  2. Se genera porque la persona no había desarrollado la habilidad emocional necesaria para asumir esa experiencia vital.
  3. Ante nuevas situaciones en que se desencadene esa deuda emocional, la persona reaccionará irracionalmente con esa emoción latente de tristeza, miedo o enfado.
  4. La forma de resolver esta deuda emcoional es aceptar esa fiera para familiarizarte con ella y domesticarla, convirtiéndola en una mascota… Como hacen los actores de Max al preparar sus obras de teatro.

La aplicación a la teoría de las emociones es directa:

La deuda emocional seguirá viva hasta que la persona sea consciente de su forma de reaccionar a esas situaciones y desarrolle la habilidad emocional que le faltaba (con un proceso similar al de las 3 Cs que hemos explicado).

No es necesario para ello revisar su pasado, sino mirar de frente a las emociones y pensamientos que se siguen produciendo en el presenteDisciplinas como el coaching y la programación neurolingüística se encargan de ello mediante técnicas similares a la explicadas en los anteriores fascículos.


Cuando regresé a casa, contrasté mis notas con las anotaciones sobre un libro de Carl Jung, “Las relaciones entre el yo y el inconsciente», que dice:

“Mediante la vivencia de las fantasías, las funciones que estaban inconscientes y en inferioridad se integran en la conciencia; produciéndose efectos muy profundos en la actitud consciente”.

Era justo que había hablado esa tarde con Max.

Habíamos compartido el proceso vital de producción y sanación de las emociones desde su peculiar punto de vista. Lo describí así para mi investigación:

  1. A veces, la forma en que vivimos una realidad es como un mapa incompleto. Nos falta una pieza para reaccionar bien en esa situación… Esa pieza representa nuestro punto débil, nuestra incapacidad emocional. Vamos avanzando en la vida hasta que un suceso nos hace sufrir esa vulnerabilidad con todo su dramatismo.
  2. Por tanto, el dolor originado por una situación difícil tiene su origen en una incapacidad emocional. Lo he visto en muchas personas: una relación que se rompe por no ser capaz de comunicarse bien, un ambiente de trabajo que se hace insoportable por no saber decir que no, una adicción que se produce por no ser capaz de disfrutar de la vida, una persona que se somete a un grupo de amigos por una baja auto-estima, un joven que sufre una depresión por ser incapaz de mostrar sus sentimientos, etc.
  3. La forma en que Max obligaba a los actores a sumergirse en sus emociones más duras en un contexto de juego (como si fueran unas mascotas) tenía el sorprendente resultado de que acabaran manejándolas, es decir, gestionándolas.

Intuitivamente, Max se daba cuenta de que Eva, debido a este “entrenamiento emocional”, acabaría aprendiendo a gestionar su enfado… Con lo que dejaría de actuar de forma tan vibrante.

Teniendo en cuenta que la metodología de Max necesitaba que estas emociones camparan a sus anchas en el interior del actor, lo que por un lado era una terapia magnífica, se convertía en un problema para la intensidad de sus obras.

Esta es la mejor gestión emocional: en vez de soportar las emociones, permite sanarlas.

¿Cuál es el resultado de domesticar una emoción? 

Manejar el enfado de forma saludable significa no reaccionar de forma desproporcionada ante una situación ni rehuir la confrontación. En los momentos difíciles, Eva sabrá sentir el enfado sin que éste la domine. Conseguira así la estabilidad emocional que permite atemperar el enfado.

Ha alcanzado la asertividad: podrá defender su posición pero sin dejar de respetar a la persona con la que está hablando. Ya no será víctima de su enfado, sino que éste se habrá convertido en una estrategia eficaz. El enfado se libera de la agresividad y pasa a ser determinación.Este mismo entrenamiento es el que atañe a cualquier otra emoción “difícil”: el miedo lo convierte en prudencia y la tristeza pasa a vivirse como ternura.

Las emociones no son malas ni buenas, solo requieren de entrenamiento para que no nos superen y podamos utilizarlas de forma sana. Esto es la base más esencial de nuestra inteligencia emocional.

Con un proceso como el que ha vivido Eva, habremos aprendido la lección que nos deparaba la vida. Esa lección aprendida se convierte en una nueva habilidad emocional.

Nunca había imaginado ver todas estas ideas con tanta claridad como en mis conversaciones con Max. Su forma de dirigir reunía toda esta sabiduría y la convertía en arte. Una nueva etapa en mis descubrimientos sobre la emoción acababa de empezar.


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Que disfrutes de este momento en armonía.

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