Vida salvaje de las emociones. 5º fascículo. Cómo aprender de una deuda emocional

 En Vida Salvaje de las emociones y los pensamientos.

Un relato de Daniel Álvarez Lamas. R

Con la ayuda de Renata Otero, Marián Cobelas y Nuria de Castro.

Leído en el anterior fascículo:

Aquello fue como un enorme descubrimiento – pensé. – Emociones salvajes que crecen dentro de las personas y que se comportan como sus “mascotas”. Las personas como un ecosistema. Todo encajaba con mucha intuiciones que había tenido pero que no era capaz de describir.

– Max, ¿y qué es lo que hace que las mascotas cobren tanta vida? – pregunté, para prolongar el hilo de su metáfora.

– Muchas cosas influyen, pero, principalmente, cada actor tiene un momento de su vida en el cual le marca algún suceso – dijo. Ahora hablaba más despacio, como desde un lugar más profundo. – A esa persona le sucede algo para lo que no está preparada y que no puede masticar. Entonces se despierta una emoción de fondo, como el miedo, el enfado o la tristeza, que impregna todo. El impacto del suceso es tan grande que esa emoción se desborda, se sale de madre.

– ¿Y cómo afecta eso al trabajo del actor? – le pregunté.

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– Pues mira, por ejemplo, hace poco trabajo en la compañía una actriz, Eva, que sufrió una ruptura en la vida real – respondió. – Se sintió enormemente enfadada pero no fue capaz de manifestárselo a su ex, o al menos no consiguió hacerlo de la forma adecuada. Ese enfado se le quedó impregnado. Es como si la emoción no hubiera logrado evolucionar y se hubiera cristalizado, como si a esta chica le quedara una deuda emocional.

– Una deuda emocional, entiendo… – dije, mientras asentía lentamente. –

– Exacto – respondió. – Y esa deuda emocional hizo que el enfado, como si esa emoción fuera un animal, estuviera siempre presente en todo lo que Eva hacía y decía, sea apareciendo o reprimiéndose y quedando latente como una tensión de fondo. Ella no dominaba a su mascota, el enfado, sino que ésta siempre andaba moviéndose en su interior. Esa mascota estaba plenamente viva, independiente.

– Claro – resalté. – Le hacía daño precisamente por no asimilarla ¿Y eso era útil para su trabajo como actriz?

– Sin duda – respondió. – Verá, Luis, yo no trabajo como los directores de teatro habituales. No trabajo sobre la obra para que cada actor interprete un papel según las emociones que pensó su autor. Eso para mí es ir contra natura.

– ¿Qué quiere usted decir? – exclamé, asombrado.

Yo construyo la obra basándome en las emociones más vivas de cada actor – respondió Max, poniéndose hacia delante para expresarse mejor. Una luz comenzaba a centellear en sus ojos y una expresividad espléndida se abría paso en sus gestos. – Les ayudo a entrar en contacto con sus propios sentimientos como si fueran mascotas, a dejarse influir por ellos, a comprenderlos. Gracias a jugar con su enfado de la forma adecuada, por ejemplo, Eva interpretaba con un fluir brillante en su palabra y un vigor salvaje en sus acciones.

Max dejó de hablar y se echó hacia atrás. Había terminado de hablar. Yo miré primero hacia ella y después hacia el suelo. Me había quedado ensimismado con la sorprendente claridad con que Max veía las emociones, y sobre todo con la posibilidad de manejarlas para dar más vida a sus obras.

Es la forma en que una experiencia difícil, y más si es traumática, afecta a la vida – reflexioné. – Se produce una emoción tan intensa dentro de la persona que se queda bloqueada.

Este bloqueo puede verse como una “deuda emocional”. Es debido a que la persona no había desarrollado su habilidad emocional lo suficiente como para superar ese trauma.

– Esa chica también sufrió ese enfado como emoción de fondo en su vida real – dije. – Seguramente, se instaló en ella como la única forma de vivir su vida. Tampoco en su día a día podía salir de esa emoción de fondo mientras no superara el suceso que la provocó.

Max se quedó mirándome un poco sorprendida por el cambio de perspectiva. Quise saber su opinión sobre esa idea:

– Ese suceso traumático viene provocado por la ausencia de una habilidad emocional ¿no cree? – pregunté, inocentemente.

– ¿Qué quieres decir? – inquirió Max, un poco cortante.

– Por ejemplo – continué, un poco azorado – esa actriz podría haber afrontado mejor su ruptura si hubiera aprendido a “decir su opinión de forma asertiva”. El enfado normalmente surge cuando no eres capaz de hacerlo. Quizá ya carecía de esa capacidad, pero no había sido tan necesaria hasta ese momento. Ese suceso supuso una prueba que no fue capaz de superar. Como consecuencia, le quedó la deuda emocional y su dolor correspondiente.

– ¿Y eso cómo le afecta en su vida? – siguió inquiriendo Max.

– A partir de esa ruptura, esta chica tuvo un enfado latente, reprimido y dispuesto a dispararse. El suceso hizo que la estrategia del enfado tomara el mando. En caso de tensión, solo verás dos opciones:  imponerse, dando rienda suelta al enfado o someterse, reprimiéndolo. Surgirá igual que en su trabajo contigo en el teatro, pero en la vida ella estará indefensa. Solo verá blanco o negro, debido a esa incapacidad emocional – concluí.

Trataba de completar lo que Max explicaba, pero… mmm, me dio la sensación de que no le había sonado bien ¿Quizá le parecí un poco soberbio? ¿Quizá la teoría le aburría? ¿O quizá le toqué alguna tecla delicada? El caso es que Max se revolvió como una gata que se despierta: serena, pero, al mismo tiempo, con todos los sentidos activados. Se levantó y fue detrás del biombo a cambiarse.

– Muy bien. Entonces ¿en qué puedo ayudarle? – Lo dijo en un tono por el que no parecía que se hubiera enfadado, sino que solo había perdido interés… pero no sé qué sería peor. Era consciente de que me estaba jugando continuar con nuestra relación, así que me jugué el todo por el todo con una pregunta que estaba rondando mi mente desde hacía un rato.

– ¿Qué es lo que le sucede al actor cuando paga la deuda emocional? – dije, con tono pausado, aunque con toda la rotundidad que fui capaz de reunir.

Sentí cómo Max acababa de ponerse el suéter tras el biombo en un tenso silencio. Después salió y se quedó de pie al lado del biombo. Me miró fijamente, como escudriñándome, mientras me preguntaba:

– ¿Qué quiere decir con eso? – Se quedó absolutamente parada, con su escucha enfocada abrumadoramente sobre mí. Era como si aquella fiera estuviera en el momento previo a abalanzarse sobre su presa. Noté cómo sus sentidos estaban extrayendo una ingente cantidad de información, incluido cómo me sentía y cuál era mi intención al hacer la pregunta. Yo continué hablando. Era lo único sensato que podía hacer.

– Cuando el enfado se repite continuamente, como cualquier otra emoción, es porque la persona no ha aprendido a manejarlo ¿no? – pregunté, tratando de ser lo más claro posible.

– Sí, claro – dijo Max. No se había movido. Me seguía mirando de forma serena pero inquietante.

– Entonces, – dije, guardando la calma – me imagino que, después de que esta actriz, ensayo tras ensayo, tome contacto con esa emoción salvaje, como usted la llama, empezará a familiarizarse con ella.

Al “jugar” con ella, con esa “mascota”, durante tanto tiempo y de forma tan profunda, aprenderá a manejarla, es decir, a no rehuirla ni a verse bloqueado por ella ¿no?

– Efectivamente – dijo, reflexiva.

– … Entonces, los ensayos serán como un entrenamiento que le permita aprender a manejar su enfado. Este aprendizaje es el proceso habitual para superar las emociones – continué, dejando al final unos segundos de silencio…

Y eso hace que la emoción deje de ser tan “salvaje” – concluí.

– Ha dado usted en el clavo. Y ese aprendizaje representa un peligro para la intensidad que necesita Stardust. Si se domestican las emociones salvajes, no hay obra – respondió, tras un silencio. – Intuitivamente, ya veía que era mejor que ningún actor repitiera obra – explicaba lentamente, mirando hacia abajo. –

Así que ésas son las cosas que está usted estudiando… – dijo ella, asintiendo levemente con la cabeza y mirándome fijamente, pero ya más relajada.

Me di cuenta de que era un momento dulce, el ideal para aflojar la tensión. Había conseguido dar con su punto de interés máximo, justo mi objetivo en esta primera conversación.

– Si le parece bien – dije, levantándome y recogiendo mi sombrero, – puedo venir a hacerle una entrevista esta semana. Me comprometo a compartir después en persona los resultados de la investigación tal como se vayan produciendo – dije sonriendo. Buscaba mi lado más acogedor y amable. Max me miraba con intensidad, pero a esas alturas ya no me impresionaba. Por otro lado, la felina ya no se sentía amenazada ni aburrida. Habíamos sellado la alianza. Mantuve su mirada con serenidad y ella también sonrió relajadamente.

– Muy bien, venga después de la función del sábado. Que tenga una noche agradable – y salió, dejándome solo en su camerino.

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Cuando regresé a casa revisé mis notas sobre un libro de Carl Jung. En “Las relaciones entre el yo y el inconsciente,” dice:

“Mediante la vivencia de las fantasías, las funciones dejadas inconscientes y en inferioridad se integran en la conciencia; produciéndose efectos muy profundos en la actitud consciente”.

La forma en que vivimos cualquier realidad depende de nuestro mapa. Muchas veces ese mapa está incompleto. Nos falta una pieza para dar respuesta a las situaciones que nos toca vivir. Esa pieza representa nuestra vulnerabilidad. Vamos tirando hasta que un suceso nos hace sufrir esa vulnerabilidad con todo su dramatismo.

Una situación traumática que nos deja marcados tiene su origen en nuestro punto débil. Lo he visto en muchas personas: una relación que se rompe por no ser capaz de comunicarse bien, un ambiente de trabajo que se hace insoportable por no saber decir que no, una adicción que se produce por no ser capaz de disfrutar de otra manera, una persona que se somete a un grupo de amigos por una baja auto-estima, otra que sufre una depresión por ser incapaz de mostrar sus sentimientos, …

La forma en que Max obligaba a los actores a sumergirse en sus emociones más duras tenía el sorprendente resultado de que acabaran jugando con ellas. Por lo que me pareció de nuestra conversación, Max no se daba cuenta de que la actriz de la que habló, debido a este “entrenamiento”, probablemente acabaría aprendiendo a manejar sus emociones salvajes.

Por decirlo en su terminología, de tanto jugar con sus “mascotas”, los actores podían acabar domesticándolas. Esa era la razón de que ningún actor repitiera obra en Stardust. Posiblemente, muchos integraban esas emociones salvajes y, por tanto, ¡Éstas dejaban de tener vida propia! Teniendo en cuenta que la metodología de Max necesitaba que estas emociones camparan a sus anchas en el interior del actor, este aprednizaje representaba un gran peligro.

Lo que podría ser una terapia magnífica, sorprendentemente, era un problema para el trabajo de Max.

Manejar el enfado de forma saludable significa no reaccionar de forma desproporcionada ante una situación ni rehuir la confrontación. En los momentos difíciles, la persona sabrá sentir el enfado sin que éste la domine. habrá un estado de estabilidad emocional que envuelve el enfado y lo atempera.

Esto le permitirá mantener su determinación y defender su posición sin dejar de respetar a la persona con la que está hablando. Ya no será víctima de su enfado, sino que éste se habrá convertido en una estrategia eficaz: ha alcanzado la asertividad.

Este mismo entrenamiento es el que atañe a cualquier otra emoción “difícil”: convierte el miedo en prudencia o la tristeza en ternura, en cuidado de uno mismo y de los demás.

La emoción estará ya domesticada. deja de ser salvaje.

Las emociones no son malas ni buenas, solo requieren de entrenamiento para que no nos superen y podamos utilizarla de forma sana.

Como se suele decir, habremos aprendido la lección que nos deparaba la vida. Esa lección aprendida se convierte en una nueva habilidad emocional.

Nunca había imaginado ver todas estas ideas con tanta claridad como en mis conversaciones con Max. Su forma de dirigir reunía toda esta sabiduría y la convertía en arte. Mis descubrimientos no habían hecho más que empezar.


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Que disfrutes de este momento en armonía.

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